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Claude Esteban

El engendramiento del color

En el taller de Raquel, contra el muro que está frente al ventanal, una tela muy alta, baya, jaspeada de amarillos, de tierras de Sena más oscuras, inmóvil y movediza a la vez. Sobre una mesa, debajo, bloques de piedra como cuadrados en sus masas heteróclitas, lanzando a la mirada una especie de reto, una interrogación de la materia bmta a todo aquello que la domina, el lienzo, la cuadratura impecable, la mezcla concertada de los colores. Como si más allá de la contradicción inicial, un diálogo debiera esta- blecerse entre los procedimientos sabios, aéreos, y esta opacidad de lo interior. Pero no se trata aún sino de un acercamiento confuso, y que sin duda debera afirmarse - o abandonarse.

Blancos, azules, violáceos a veces, trípticos. Ellos declaran la ecuanimidad de un color, y de repente se ahuecan de un vacío, bosquejan en sus adentros una construcción insistente y furtiva, un entablamiento, un pórtico acodado como una escuadra que se ajusta un instante, para luego borrarse en una ' marejada casi monocroma. Una captura y su negación, un equilibrio y su cuestiona- miento, conjuntamente.

Esos mismos trípticos, con un poco de distancia. No es el color, es la luz atrapada en el color, consustancial al color, la que determina aquí la forma, la que engendra las diferencias para el ojo. El del pintor, aquel que descifra el cuadro, aún más. Ya que el ojo no puede participar del vólumen como lo haría una mano. El sólo retiene lo hueco, lo vacío, la curva o lo angular por intervalos que rigen sus percepciones sucesivas. El ojo físico se hace  mental. Recompone al revés aquello que la retina le niega.

El color, aún único, no se apacigua jamás. Fomenta infatigable tránsitos, ínfimas translaciones que la conciencia no discierne, que los nervios registran. El color vive solamente de este impulso vibrátil captado o suscitado por el pintor. Cautivo de la figura, el color se adormecería, sea en la hipnosis de un absoluto - aquel de Bizancio, del Trecento - sea en la fijeza del ser-ahí, como la figuración perniciosa de los hiperrealistas. Pero el color tuvo, y guarda todavía sus propios poderes de gestación. El quiso esa libertad que parece haber conquistado, tenazmente, como en oposición al espíritu, 0 al menos a las razones que el espíritu se da. Toda la pintura de Occidente atestigua que este combate que convendría describir un día, sin distinción de escuela o de estilo. El Faiyum estuvo perdido por largo tiempo, y Picasso que en apariencia lo reconoció no salvará sino las ojeras negras, no el temblor del púrpura ni del cinabrio. Pero Rembrandt, Velázquez, y el Goya de la Quinta del Sordo vuelven a activar su genio, desligando el color del dibujo que ellos dominan como tantos otros y que al final olvidan. Hasta que, cada nuevo siglo instaurándose, el viejo idealismo se empeña en ahogarlo y se embriaga de su empresa, tales como, una vez más, los planos cubistas o las acabadas planimetrías de un Mondrian.

Ya que la revelación del color está ligada a una aprehensión global de lo sensible, a una especie de fenomenología abrupta y decisiva que Van Gogh quizás vivió, el espacio de un deslumbramiento, antes de que la red de líneas lo arrastrara consigo en su vértigo. Al menos él había enfrentado la catarata luminosa, mientras que otros, y Turner en primer lugar, la contenía en economías sutiles. Dejemos esto. Pareciera que toda la pintura o casi toda ella, en esta extremidad de Europa, hubiera temido siempre los arrebatos del color, como si esta furía naturale, una vez dejada en libertad, amenazara el imperio de la cosa mentale, a la que se identificaba seguramente la empresa del pintor. De Piero della Francesca a Seurat, a Braque, tantos caminos gobernados! Nosotros los amamos por eso, no cesamos de interrogarlos, y con más razón ya que exigen, por sus formulaciones soberanas, que otro lenguaje los contradiga y los obligue a defender su parte - su parte solamente - de verdad. Otra escritura en efecto, quizás venida de Oriente, pero sin la tentación frívola del pastiche que es, aquí o allá, el ángel malo de la modernidad. Si existe un Oriente de la pintura, y específicamente del color, es aquel que amanece al horizonte mental del artista, fuera de la historia pero cerca de los mitos fundadores, un Oriente que se acordaría de los Orígenes, de las fuerzas primigenias, y no de las formas que fueron su consecuencia. Las telas de Raquel vuelven a este camino sin quemar etapas. Sin impaciencia, al mismo tiempo sin llegar a extremos, pero con un fervor que en ella testimonia de la gravedad de su andar, de la importancia, sobre todo hoy en día, de su reto.

Los trípticos de Raquel. Siguen vibrando en la luz de una mañana, una luz muy blanca de Septiembre. La historia del color se encuentra menos en el espacio aparentemente dominado de una tela que en la presencia inmediata del tiempo que en ella se revela. Ciertamente, un azul es siempre un azul, intensamente, en el segundo de su percepción, pero es en el fondo de la memoria donde él continúa su ruta, que se amplifica, que desarrolla sus arborescencias, y no en la extensión prensible de lo externo o en el discurso de certidumbres racionales. Lo que comun- mente llamamos color, es para Raquel una inci- tación, una especie, sí, de invitación a un viaje. Para ella, a través del azul, del blanco, del marrón, es penetrar en la selva de las correspondencias, estar atenta a las llamadas, a las afinidades - a las discor- dancias. Entrar, a nuestro turno, en una de sus telas, es quizás también aventurarnos en el jardin de Borges donde, rápidamente, los caminos se bifurcan, donde la sorpresa se esconde agazapada en todas las encrucijadas de la evidencia.

Es posible que los "grandes formatos" - como solemos llamarlos - permitan más aún la expansión del color, el ritmo que se establece en el despliegue de la superficie. Raquel lo sabe, se adhiere de buena gana a esta ley de la amplitud. Pero ella sabe igualmente volver a dimensiones reducidas, a esas gouaches apenas más grandes que una mano, ya que ahí se declara, en el color, esa concentración que le es inherente. Como dos ejes de los que el color necesita para que el impulso de la energía cromática en su nivel más alto se vuelva visible, casi tangible.

En el taller de Raquel, los grandes ventanales se abren hacia la profusión de hojas que, todas juntas, afirman la preeminencia del verdor, del verano que vigila, como una exclamación alegre de la naturaleza naturante. Entre las piedras duras y el vuelo ligero de los bambúes, las telas de Raquel son apenas una pausa, un instante detenido, soberbio, donde el color toma cuerpo, para luego deshacerse en polvareda, en estallidos silenciosos de substancia.

Claude Esteban

Paris, Septiembre 1990

 

 

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